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“Las últimas lluvias cayeron con suavidad sobre los campos rojos y parte de los campos grises de Oklahoma, y no hendieron la tierra llena de cicatrices. Los arados cruzaron una y otra vez por encima de las huellas dejadas por los arroyos. Las últimas lluvias hicieron crecer rápidamente el maíz y salpicaron las orillas de las carreteras de hierbas y maleza, hasta que el gris y el rojo oscuro de los campos empezaron a desaparecer bajo una manta de color verde…”

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Así comienza Las Uvas de la Ira, una historia triste y antigua como lo es la de las gentes que trabajan la tierra en todos los rincones del mundo. En Oklahoma o en el Guadalhorce, da igual. Y no me he metido en tu móvil, ordenador o tablet para ponernos tristes. Todo lo contrario. Uno está aquí porque la vida es bella y está llena de alegrías y placeres como saborear alimentos hechos con cariño. Y por eso he querido ponerme solemne al principio. Estos finales felices solo son posibles porque hay gente que trabaja la tierra como si fuera parte de ellos mismos, porque forma parte de un todo indisoluble que casi nunca es suficiente como sustento. En efecto, casi no se puede comer del campo. ¿Qué ironía, no?

La canción que he elegido para acompañar a este artículo, dice insistentemente “no puedes apartarme del sitio en que nací” (you can’t keep me away from where I was born), y la he elegido porque me vino a la cabeza escuchando a Cristóbal de los hermanos Hevilla en la visita guiada que hicimos por su finca de cultivo ecológico.

Cristóbal trabaja de enfermero, y al igual que sus hermanos vive de su profesión, y trabaja el campo porque no puede evitarlo. No puede evitarlo porque la gente que se cría en el campo tarde o temprano la tierra lo reclama como un nutriente más, como parte del sustrato que hace posible la vida cada temporada con diversas formas y colores. Y ese magnetismo que une al hombre y al campo hace posible que aún en algunos sitios, la tierra pertenezca a los que la trabajan.

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A un servidor, que es hijo adoptivo de esta parte de Málaga, de Coín, le costó muchos años llegar a entender esto. Antes, sobretodo en tiempos de bonanza, no lograba comprender por qué esa gente infatigable llegaba a sus casa una vez acabada la jornada, y comenzaba otra jornada paralela en sus huertas, para cultivar casi siempre más de lo que necesitaban para el consumo propio y regalar el resto. Porque vender según los cánones del mercado es regalar, y ya puestos, mejor regalar a conocidos. Con el tiempo comprendí que la gente de aquí  trabaja el campo porque es su identidad, su estilo de vida, lo que les liga al sitio donde han nacido. Gracias a esto aún sobreviven variedades de tomate como El Huevo Toro, tomate muy poco productivo, frágil, y exquisito.

2013-08-12 13.09.50El paseo entre las tomateras y resto de cultivos va acompañada de altos en el camino para explicarnos con mucha claridad, con argumentos científicos comprensibles, las propiedades de las diferentes variedades de tomate y otras especies que cultivan. Este artículo no pretende ser la historia de los hermanos Hevilla, sino de todos los agricultores de la comarca. Pero la comarca necesita comprender que el espejo donde deben reflejarse es este. Empresarios del campo con principios, pero formados y preparados para defenderse ante los especuladores que han conseguido colarse en lo más profundo de nuestra alacena, y capaces de hacer ver al consumidor que un mercado más justo es posible, que al fin y al cabo es el principio de la solución.

La visita, a pesar del día de calor aplastante necesario para que estas maravillas maduren, transcurrió plácidamente a la vez que probábamos diferentes variedades de tomate in situ. Porque todo se puede ver, oler, tocar y probar. Íbamos acompañados de invitados de lujo, Jose Carlos Capel y Julia Pérez, que han viajado por todos los manteles de todas las mesas de este mundo, y aceptaron la invitación de nuestro compañero Antonio cuya filosofía se puede resumir en: “¿y por qué no?”. Y no le falta razón, porque uno sabe reconocer la expresión de felicidad, de reconciliación con los sabores de la niñez que todos al final siempre buscamos cuando estamos hartos de todo.

2013-08-12 12.47.48La cata de tomates en un rancho Coíno fué un lujo, incluso para un Coíno que tiene acceso a tomates del terreno. El artículo con la taxonomía, descripción técnica y sensorial vendrá más adelante. Aquí sólo cabe decir que el espectáculo de sabores olores y colores fué incomparable.  De nuevo pude reconocer las expresiones de felicidad. Todo esto se ha traducido en un artículo que puede tener una repercusión muy positiva para el sector en nuestra comarca, lo cual es de agradecer, aún teniendo en cuenta que el producto lo merece.

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Para finalizar sólo quiero añadir unas palabras como hijo adoptivo de esta tierra. Me he tirado media vida pensando que quería huír de toda esta miseria. Pero al final, un día pude entender que la miseria está realmente en el desarraigo, en la pérdida de identidad, en el producto de serie. Una forma de estar conectado a nuestras raíces es a través de la tierra que nos alimenta. Y esa tierra será nuestra mientras no dejemos que esté en manos de los que no sienten nada por ella.

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