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El año pasado fue un gran año. Tan bueno que probablemente por ser el primero, el agravio comparativo nunca va a hacer justicia a los sucesivos.

Objetivamente el 2014, ha sido un gran año(o temporada). Lo que pasa es que si algo hemos aprendido después de haber vivido en la abundancia, después de haber vuelto a la realidad, de haber sufrido plagas y travesías por el desierto; ahora no nos deberíamos conformar con un becerro de oro y buenos augurios. Porque el pueblo elegido no existe. Los pueblos se eligen a sí mismos.

Hace un año hacíamos balance de todo lo bueno que nos ha pasado, gracias al trabajo de mucha gente que no baja la guardia y que hace lo mejor que sabe para poner nuestros mejores productos en boca de los mejores paladares del panorama gastronómico. Llegado el mensaje, los receptores se han hecho eco del potencial de nuestros productos desde hace varias temporadas. Muchos han colaborado en la medida de lo que pueden, y otros vuelven año tras año sin pedir nada a cambio más que su apuesta por la gastronomía que conciben. Muchos estamos en esto porque creemos que este es el mundo en el que queremos vivir. Un mundo en el que alguien que hace un buen trabajo pueda vivir dignamente de él.

También hemos gozado de un buen trabajo de representación por parte de las autoridades responsables de la difusión de los productos. Hay medios, hay apoyo, y los productos que tenemos lo merecen. Ya nadie piensa que vendemos humo.

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Cuando era un adolescente con ganas de guerra, de descubrir, de comerme el mundo cada quince minutos; maldecía vivir en un pueblo cada tantos otros. Vivía en un pueblo de viejas glorias con sus viejas batallitas(era mi sensación infundada de adolescente, ruego me disculpen) que te contaban la gran movida que te habías perdido en los ochenta. Te habías perdido la edad dorada que vivieron otros, que nunca jamás volvería, y tú solo podías unirte a la añoranza de un tiempo que nunca te perteneció. A muchos de esa generación nos pasó lo mismo. Éramos otra generación que pertenecía a Kurt Cobain, Pearl Jam, Sonic Youth o Los Enemigos; todo lo que sonaba a esa vieja letanía herrumbrosa de la gran movida lo metimos en un mismo saco y lo tiramos a la basura de nuestro trastero musical y afectivo. Queríamos vivir en Londres, Madrid era una mierda, qué decir de un pueblo del que nadie se acordaba ya.

Con este trasfondo, el paso del tiempo es implacable y un buen día todo vuelve al inicio en el que te sitúa el sereno juicio de pasar unos cuantos decenios, malos y buenos tragos, y la lucidez y pragmatismo que la descendencia irremediablemente nos impone a todos. Al final, el pueblo de la niñez, esa única forma felicidad completa que hemos conocido vuelve a reclamarnos, y es la que queremos para nuestros hijos, aunque sea para las vacaciones. Jugar en el campo, cazar bichos, respirar el monte tan cerca… hasta las viejas glorias de los ochenta y su música, tamizados por el tiempo y la reducción de la carga hormonal adolescente, empiezan a adquirir otros matices ante nuestros ojos. Es entonces es cuando se produce ese cambio milagroso de reconciliación con las generaciones anteriores, se supera el complejo de Edipo y por fin aprendemos a apreciar los hechos de nuestros anteriores dentro del contexto en el que les tocó vivir. Te vuelves a enamorar del pueblo de tu niñez, y me vienen a la mente unas palabras de Cortázar, aunque en un contexto diferente, con aquel maravilloso pasaje que decía: “andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”.

¿Qué tiene que ver toda esta parrafada con la gastronomía, con los tomates y la agricultura de Coín o la del Guadalhorce? La verdad es que me sorprendería que aunque fuera el 10% de todos los que empezaron a leer este artículo sigan haciéndolo. Pero sea cuales sean las motivaciones que te han llevado hasta este nivel, ahora podrás relacionarlo todo.

Hemos sido nuevos ricos, hemos abandonado nuestro estilo sensato de vida, el cual imponía que si tenemos buena tierra lo mejor era cuidar su entorno, sus manantiales, cultivarla respetándola según las estaciones y pensando en que todo fuera perdurable. En lugar de esto vendimos terrenos, construimos en acuíferos, hemos deforestado todo lo que hemos podido, le hemos dado la espalda a la naturaleza y a los árboles, hemos abandonado las especies endémicas de frutas y hortalizas por otras más productivas aunque insulsas, hemos abandonado el campo, quisimos ser constructores millonarios, asediamos las tierras con fertilizantes sintéticos y venenos que se introducen en el ciclo vital, hemos vertido hormigón hasta donde alcanza nuestra vista, hemos olvidado que el monte no es nuestro sólo, sino de nuestros hijos, nuestros nietos y de todos los animales y plantas que lo pueblan y sus sucesivas generaciones…

Pues sí, todo esto es para decir que si hoy en día los frutos de nuestra tierra se relacionan con otros de categoría reconocida es gracias a aquellos que nunca han dejado de pensar en eso. En la calidad. Porque con la cantidad no vamos a poder competir nunca. Para eso ya están los grandes latifundios nacionales e internacionales. Y ahora no podemos tener mejores condiciones. Tenemos apoyo institucional, una publicidad jamás soñada y un montón de gente haciendo las cosas bien. Ahora en nuestra mano está que esto sea una constante, una realidad intergeneracional, o contarle batallitas de subastas de tomates a los que vienen detrás, como viejas glorias que fuimos.

Por lo demás, enhorabuena a todos, y al toro.

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