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lacocinadeheisenbergtweetEl agua no tiene enemigos. Si tienes que ducharte, necesitas agua. Si quieres hacer sopa, necesitas agua. Si quieres refrescar el calor de tu cabeza, necesitas agua. Fela Kuti, músico, activista, político, canalla, mujeriego, defensor de los derechos humanos. Este es un blog de música y cocina, en el cual de vez en cuando, bajo el seudónimo de Heisenberg, un servidor se toma la libertad de hablar de alimentación y ciencia. O de ciencia con la excusa de hablar de alimentación…

Si Fela viviera habría compuesto o estaría componiendo una canción sobre los transgénicos. Me apuesto lo que sea. Con este artículo queremos explicar la canción que podéis oír pichando al inicio, y establecer la relación con la temática actual. Con ello creo que cumplo mi meta de hablar de música y alimentación. Un problema de todos en este caso.

La letra habla por sí sola. No habla de vivienda, de intereses, de pagarés, de rebajas, de trabajo digno, de esperanza de vida, ni de realización personal. Habla del agua, de un bien por el cual la vida surgió, y por el cual dejará de existir en algún momento. Los glaciares se formaron con agua, y dejarán de existir en forma de agua, líquida o vaporizada.

No quiero ganarme enemigos. No quiero complicarme la vida. Soy una persona que quiere vivir en paz con su familia, ver crecer a sus hijos, y que estos no tengan que temer por el pan y el agua de cada día. Suena a una canción vieja, de otro tiempo, pero es la realidad, el día a día de millones de personas. Millones de personas las cuales muchas de ellas tienen la maldición de vivir en tierras ricas en recursos materiales primarios. Esas personas son protagonistas a diario en esa crónica tan tristemente familiar de los perdidos en el mar, de esos inconscientes que hay que tener el fastidio de rescatar en alta mar cuando naufragan. Vaya gasto tan innecesario. Vaya mosca moral que nos hacen soportar a diario.

Ahora es un momento quizá muy oportuno de hablar de esas personas que buscan refugio. Pero en realidad es muy tarde para hablar de ello. Estas personas vienen huyendo del caos, de la materia indeterminada que hemos permitido que tome forma y almacene energía en esos países que tan sólo han querido encontrar un hueco en nuestro mundo prefabricado. Porque en el fondo, las gentes de todos esos países en formación perpetua tienen unos estándares a imagen de los nuestros, y quieren vestir bien, tener agua potable, votar de vez en cuando, y sobretodo no tener que vivir atemorizados por todo ello. Ellos también quisieran comprar muebles en Ikea y no tener otra preocupación un sábado por la noche. Que sus hijos no tengan por qué pagar con sus vidas el ejercicio de todos estos caprichos que todos nos concedemos.

África ha estado soportando de forma estoica todos estos avatares durante siglos, y aún sigue sorprendiendo la capacidad de aguante de estas gentes. No solo eso, sino que el continente africano ha sido el sustento físico de todas y cada una de nuestras revoluciones, y además nos hemos permitido la confianza de colocar dirigentes amigos en cada uno de sus países, cuya amistad nos ha ayudado a arrasar sus recursos materiales. Como regalo les hemos instalado una gran y majestuosa valla metálica que les recuerda que no sólo viven bajo nuestros intereses, sino que además no tienen derecho a huír de todo este entramado que hemos contribuido a fabricar en Europa. Así que no me hablen de amabilidad. ESTAMOS OBLIGADOS POR RESPONSABILIDAD MORAL como mínimo, no les debemos a estas gentes más que disculpas. ELLOS NO NOS DEBEN NADA.

En fin, se suponía que yo iba a hablar de ciencia, de alimentación, y muchos se preguntarán que cómo vamos a enlazar este tema. La ciencia, según algunos, es un agente, una herramienta con dirección y pensamiento único. En contraposición, las bases filosóficas que llevaron a desarrollar el método científico, tenían un origen común; todo aquello que se descubra a través del método científico debería estar al servicio de la humanidad. Para  ello surgió la ciencia como respuesta a nuestras preguntas y para lo cual hoy en día se destina un poquito de dinero público(en el caso de nuestro país). La sociedad en la que vivimos, la cual cubre estas actividades con sus impuestos exige que además debe ser rentable, debe alcanzar una productividad máxima, lo cual puede parecer lógico si no te paras a pensar un momento. Pero esta es la máxima premisa de la cual se sirven algunas empresas de biotecnología para meter una marcha más en el avance de los cultivos genéticamente modificados, por ejemplo.

Muchos sectores de la ingeniería agroalimentaria defienden que la única salida posible a la superpoblación es la que marca el camino de los Organismos Genéticamente Modificados, OGM o transgénicos coloquialmente conocidos. Es lógico pensar que el aprovechamiento máximo de las tierras es la única salida para un mundo en permanente expansión, y que la productividad máxima es la única solución posible para este planeta hambriento. Y tienen razón. Este mundo se nos ha hecho muy grande y muy desigual, así que es posible que necesitemos un gran esfuerzo para alimentarnos todos. Ahí es donde encuentra su lugar la industria de los conocidos transgénicos.

El payés de la stevia

Pero, esta gente que no es capaz de alimentarse con lo que producen sus tierras, ¿cómo han llegado a esta situación? De hecho, la gran industria agroalimentaria defiende que su método es el único capaz de erradicar el hambre, de optimizar recursos, de conducir al planeta hacia la igualdad nutritiva absoluta. De hecho, muchos de sus grandes heraldos califican a la agricultura ecológica de timo, de perogrulladas propias de perroflautas, se otorgan la cualidad de ser La Ciencia, porque La Ciencia es una y no se contradice. Qué bien habrían encajado en tiempos del Galenismo. Gracias a posturas como esta, la ciencia estuvo estancada más de un milenio, ya que hubo una clase dominante que ejerció el papel de custodio del saber, el cual no podía ser cuestionado ni discutido.

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Pero… ¿resuelve toda esta tecnología el hambre mundial? ¿Le proporciona argumentos a una persona para no abandonar su pueblo natal en una cáscara de nuez y jugarse la vida en las aguas que hoy marcan nuestras fronteras, esas que ayer fueron la unión de nuestra cultura? ¿De qué sirve pues toda esa gran partida en los presupuestos estatales si el beneficio final de las patentes que generan estas investigaciones en OGM no sea para reducir la angustia global por la materia prima? ¿Soluciona acaso el exceso de contaminación generado por el transporte intercontinental, derivado de la globalización de los cultivos? ¿Se usan los excedentes en alimentar a la gente que no tiene recursos en países de origen? ¿Pueden negar que no se está usando como arma de expansión mundial erradicando cultivos indígenas? ¿La propiedad intelectual, la patente de una semilla y los beneficios que proporciona se usan para alimentar a los desfavorecidos? ¿Las semillas modificadas genéticamente se han diseñado de una forma lógica conforme al cambio climático que estamos viviendo, o más bien es una adaptación a los nutrientes exógenos que puede proveer previo pago la propia industria propietaria de la patente?

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Estas preguntas son legítimas, reales y necesarias. Son preguntas que se hacen campesinos indígenas en Colombia, por ejemplo. No son productos de paranoias. Tenemos que recuperar el mundo para nosotros, para la vida, recuperar la ciencia que consiguió explicar lo que somos, para nuestro propio beneficio; sin dañar al mundo que nos rodea. La ciencia que permitió explicarnos o preguntarnos lo que somos. La ciencia de Galileo, de Hipatia de Alejandría, de Copérnico, de Darwin, de Marie Curie, de Severo Ochoa, de Gregorio Marañón, de Einstein y de todos aquellos que se jugaron la vida porque creían que podíamos mejorar gracias a su esfuerzo. Para ello hay que empezar por devolver a África, a América Latina, y a tantos otros países del mundo en desarrollo su dignidad. Su dignidad de ser iguales a nosotros, de disponer de sus recursos y de la posibilidad de intercambiarlos libremente con nosotros. Todo lo demás que hagamos, con mejores o peores intenciones, serán parches. La solución es muy simple, no podemos seguir viviendo a costa de los demás. Es verdad que hay que ayudar ahora, acoger, socorrer con todo lo que esté en nuestras manos. Pero NUNCA olvidemos que esta gente tiene una tierra que ama, y sobre la cual construyó sus vidas y sus sueños, sus proyectos, por pequeños que fueran. NUNCA se fueron por capricho, por tener mejores ropas, por tener un coche nuevo. Se marchan porque quieren SOBREVIVIR, que no es loo mismo que vivir. Y todos somos responsables, en nuestro bienestar occidental, de una forma u otra, de sus pequeñas historias.

Para terminar, me gustaría concluir con las palabras de un gran científico al cual siempre admiré. Él siempre fue criticado por sus colegas por ser excesivamente humanista, y tal vez mirado con desdén desde el humanismo por su origen académico. Al final, en sus palabras podemos encontrar la esencia que dio lugar al pensamiento científico, en un día perdido allá en los albores de la humanidad, en un campamento mirando a las estrellas en una noche sin luna, quizá en Mesopotamia, quizá a las orillas del Nilo, pero al fin un planteamiento filosófico como origen de nuestra esencia: la curiosidad humana. Carl Sagan fue un gran científico, acertó en muchas de sus predicciones y cálculos. Además, acercó la física y la astronomía al gran público de una manera sencilla, por lo cual fue ampliamente criticado por sus colegas; esta obra conocida como Cosmos sigue estando disponible para las generaciones venideras, y el alcance de su influencia es muy difícil de pronosticar. Probablemente sea su mejor legado.

La Tierra es un escenario muy pequeño en la vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades cometidas por los habitantes de una esquina de este píxel sobre los apenas distinguibles habitantes de alguna otra esquina. Cuán frecuentes sus malentendidos, cuán ávidos están de matarse los unos a los otros, cómo de fervientes son sus odios. Nuestras posturas, nuestra importancia imaginaria, la ilusión de que ocupamos una posición privilegiada en el Universo… Todo eso es desafiado por este punto de luz pálida. Nuestro planeta es un solitario grano en la gran y envolvente penumbra cósmica. En nuestra oscuridad —en toda esta vastedad—, no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos.

La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Colonizar, aún no. Nos guste o no, por el momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos. Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad, y formadora del carácter. Tal vez no hay mejor demostración de la locura de la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo.

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Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros más amable y compasivamente, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que siempre hemos conocido. -Carl Sagan.

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